La Primera Resurrección (Apocalipsis 20)

La primera resurrección 

“Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección.  Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años.” (Apo. 20:4-6)

La nueva visión es del reino de mil años: Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos. No se nos dice explícitamente quiénes son los que se sentaron, pero no debería haber dudas de su identidad, pues están sentados en tronos. Juan usa la palabra tronos (plural) sólo con referencia a los veinticuatro ancianos:

Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con coronas de oro en sus cabezas. (Rev. 4:4)

Y los veinticuatro ancianos que estaban sentados delante de Dios en sus tronos, se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios. (Apo. 11:16)

Como hemos visto, los veinticuatro ancianos de Juan son la asamblea representativa de la Iglesia, el real sacerdocio. A través de la profecía, el pueblo de Dios es visto reinando como sacerdotes con Cristo (Apo. 1:65:10), llevando puestas coronas (Apo 2:103:11), poseyendo real autoridad sobre las naciones (Apo. 2:26-27), sentados con Cristo en su trono (Apo. 3:21). Todas estas cosas están simbolizadas en el cuadro del presbiterio celestial (Apo 4:4): Como reyes, los ancianos se sientan en tronos; como sacerdotes, son veinticuatro en número (comp. 1 Chr. 24), y llevan puestas coronas (comp. Ex. 28:36-41).

La relación entre el sacerdocio de los ancianos y el de la Iglesia en general ha sido bien resumida por T. F. Torrance en su excelente estudio del Real Sacerdocio:

“En la Iglesia del Antiguo Testamento, había un doble sacerdocio, el sacerdocio del cuerpo entero a través de la iniciación, por medio de la circuncisión, en el real sacerdocio, aunque ese sacerdocio en realidad funcionaba por medio de los primogénitos. Dentro de ese real sacerdocio, se le concedió a Israel un sacerdocio institucional en la tribu de Leví, y dentro de esa tribu, a la casa de Aarón.

El propósito del sacerdocio institucional era el de servir al sacerdocio real, y el propósito del sacerdocio real, esto es, de Israel como reino de sacerdotes, era el de servir al propósito salvador de Dios para todas las naciones. Así sucede con la Iglesia cristiana.

El sacerdocio real es el del cuerpo entero, pero dentro de ese cuerpo tiene lugar una membresía del sacerdocio corporativo, para la edificación de todo el cuerpo, para servir a todo el cuerpo, para que el todo el cuerpo, como el cuerpo mismo de Cristo, pueda cumplir su ministerio de reconciliación proclamando el evangelio entre las naciones. Dentro del sacerdocio corporativo de todo el cuerpo, pues, hay un sacerdocio particular establecido para ministrar a la edificación del cuerpo hasta que el cuerpo alcance la plenitud de Cristo (Efe. 4:13) …

Este ministerio es tan esencial para la Iglesia como la Biblia y las ordenanzas sacramentales, pero, como ellas, esta orden del ministerio pasará como la parusía, cuando el sacerdocio real del único cuerpo, diferenciado del sacerdocio institucional, sea revelado plenamente”. 

Por lo tanto, no nos vemos forzados a decidir si los que están sentados en tronos durante el milenio son ancianos o son la Iglesia entera.  Relacionada con esto hay la promesa que Jesús hizo a sus discípulos: “De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mat. 19:28; comp. Lk. 22:30, donde se usa el término reino en vez de regeneración).

Por medio de su muerte, su resurrección, y su ascensión a su glorioso trono (Efe. 1:20-22), Jesús inauguró la edad del reino (Col. 1:13) – la regeneración – en el cual todas las naciones est&aacutte;n siendo traídas al banquete en su mesa, junto con los patriarcas y los apóstoles (Is. 52:15Lk. 13:28-2922:29-30). En esta era, los apóstoles reinan sobre el Nuevo Israel; ellos son el fundamento mismo de la Iglesia (Efe. 2:20); ella misma es una nación de reales sacerdotes (1 Pet. 2:9).

Jesús hizo a sus discípulos dos promesas en relación con la era mesiánica: que se sentarían sobre tronos, y que ellos juzgarían. Esto es precisamente lo que Juan nos muestra en este texto. Habla de los que se sienten en los tronos del reino, y añade que a ellos se les dio juicio, en paralelo con su afirmación en Rev. 11:18 de que los santos son “juzgados” o “vindicados”; además, sin embargo, existe aquí el sentido de que el privilegio de juzgar (regir) se le pone a los santos en las manos. Antes de la victoria de Cristo sobre Satanás, la Iglesia fue juzgada y regida por las naciones paganas, porque Adán había abdicado su posición de juicio y se la había entregado al dragón. Pero ahora el Hijo del Hombre, el segundo Adán, ha ascendido al trono como gobernante de los reyes de la tierra, y su pueblo ha ascendido para gobernar con él (Efe. 2:6).

Definitivamete – y más y más al progresar la era – el juicio se le da al pueblo de Dios. 23 El mandato de dominio de Gen. 1:26-28 (comp. Ps. 8; Heb. 2) se cumplirá por medio del triunfo del evangelio; al progresar el evangelio, también progresa el dominio de los santos. Los dos van juntos. En su gran comisión (Mat. 28:18-20), Jesús nos ordenó enseñar y hacer discípulos a las naciones, y al ser la tierra discipulada gradualmente de acuerdo con los mandamientos de la Palabra de Dios, se expandirán las fronteras del reino. A su debido tiempo, por medio del evangelismo, el reino de los cristianos se volverá tan extenso que “la tierra será llena del conocimiento de Dios, como las aguas cubren el mar” (Is. 11:9). Las bendiciones edénicas abundarán a través del mundo al ser obedecida más y más la ley de Dios por las naciones convertidas (Lev. 26:3-13Deut. 28:1-14). 24

Sin embargo, debe subrayarse que el camino hacia el dominio de Cristo no descansa principalmente en la acción política. Aunque la esfera política, como cualquier otro aspecto de la vida, es un área válida y necesaria para la actividad cristiana y el eventual gobierno, debemos evitar la perenne tentación de echar mano del poder político.

El dominio en el gobierno civil no puede obtenerse antes de que hayamos adquirido madurez en sabiduría – el resultado de generaciones de auto-gobierno cristiano. A medida que aprendamos a aplicar la Palabra de Dios a situaciones prácticas en nuestras vidas personales, nuestros hogares, nuestras escuelas, y nuestros negocios; a medida que las iglesias cristianas ejerzan juicio bíblico sobre sus propios oficiales y miembros, respetando y haciendo obedecer la disciplina de otras iglesias, entonces se les podrá confiar a los cristianos mayores responsabilidades.

A los que son fieles en algunas cosas se les encargarán muchas cosas (Mat. 25:2123), pero “al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá” (Lc 12:48; comp. Apo. 16:10-1219:17). Una de las marcas distintivas de los movimientos herejes a través de la historia de la Iglesia ha sido el intento de apoderarse de la toga del poder político antes de que éste haya sido conferido.

Todo este tema ha sido cuidadosamente explorado por James Jordán en un excelente ensayo, y el menor servicio que puedo proporcionarle en este punto al lector interesado es simplemente referirlo a dicho estudio.  Jordan lo concluye con estas palabras: “Cuando estemos listos, Dios nos dará la toga.

Que no lo haya hecho antes así prueba que no estamos listos. Con afirmar que estamos listos no podremos engañarle. Oremos para que no nos aplaste dándonos una autoridad tal antes de que estemos listos. Ocupémonos de nuestras cosas, adquiriendo sabiduría en la familia, la iglesia, el estado, y los negocios, evitando confrontaciones con las autoridades…. Pues, tan seguramente como que Cristo ha resucitado de la tumba y ha ascendido a la gloria regia en las alturas, sus santos heredarán el reino y reinarán en su nombre, cuando llegue el momento oportuno“.

Juan nos dice que, además de los ancianos entronados, él vio a aquéllos a los que los ancianos representan: Primero, las almas de los que habían sido decapitados a causa del testimonio de Jesús y la palabra de Dios. Esta expresión es casi idéntica a su descripción de los mártires debajo del altar:

Vi … las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. (Apo 6:9).

Sin embargo, hay una diferencia significativa: el uso de la palabra decapitados. Si bien la mayoría de los comentaristas está seguramente en lo cierto cuando ve esto como una referencia general a todos los mártires de la fe (cualesquiera sean los medios por los cuales hayan sido muertos), debemos tratar de hacer justicia al hecho de que Juan escogiera ese término en particular. El verbo griego pelekizo no se usa en ninguna otra parte de la Biblia, pero el acto de decapitar se menciona, bajo el sinónimo apokephalizo, en Mat. 14:10Mk. 6:1627 y Lk. 9:9.

Por supuesto, el sujeto de la decapitación era Juan el Bautista, el último de los profetas del antiguo pacto y precursor de Cristo Jesús. Como el moderno Elías (Mal. 4:5Mat. 11:1417:10-13Lk 1:17), él resumió el mensaje de todos los testigos anteriores: “Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan” (Mat. 11:13). Parece probable, por lo tanto, que aquí Juan llama nuestra atención al hecho de que los testigos del antiguo pacto, simbolizados por Juan el Precursor, deben ser contados entre los fieles mártires que “viven y reinan con Cristo”.

Una pregunta surge inmediatamente: ¿Tenían realmente el testimonio de Jesús los fieles del antiguo pacto? Es notable que Juan, de manera nada característica, enfatiza el nombre de Jesús, como para resaltar la posición específicamente cristiana de estos testigos “decapitados”. Y el Nuevo Testamento expresa claramente que, como Juan, todos los testigos del antiguo pacto eran precursores de Cristo Jesús, testificando de él:

Entonces él le dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían. (Lc 24:25-27).

No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra confianza. Porque si creyéseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. (Jn 5:45-46).

De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre. (Hech 10:43).

Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las Santas Escrituras, acerca de su Hijo … (Rom. 1:1-3).

Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. (Rom. 3:21-22).

Las filas de los que reinan con Cristo se llenan también con los fieles del Nuevo Pacto, los vencedores de los días de Juan que también tenían el testimonio de Jesús: los que no habían adorado a la bestia o a su imagen, y no habían recibido la marca en su frente y en su mano (comp. Apo. 1:292:1312:9-111715:219:10).

Todos éstos vivieron y reinaron con Cristo mil años. La vida del hombre nunca ha llegado a los mil años: Adán vivió 930 años (Gen. 5:5), y Matusalén, cuya vida fue la más larga que registra la Biblia, vivió sólo 969 años antes de morir en el Diluvio (Gen. 5:27). 27 Si sus herederos hubiesen sido fieles, el reino de David debió haber durado “para siempre” – es decir, debió haber durado mil años, hasta la venida de Cristo (2 Sam. 7:8-291 Cron. 17:7-272 Cron. 13:521:7Sal. 89:19-37Is. 9:716:5Jer. 30:9Eze. 34:23-24Os3:5Lc. 1:32-33); pero, nuevamente, el hombre se quedó corto. Nadie pudo traer “el milenio” – el reino milenario – hasta que el Hijo de Dios apareció como el Hijo del Hombre (el segundo Adán) e Hijo de David. Él obtuvo el reino para todo su pueblo.

¿Tiene lugar en el cielo o en la tierra este reino de los santos? La respuesta debería ser obvia: ¡En ambos! Los tronos de los santos están en el cielo, con Cristo (Ef. 2:6); y, sin embargo, con su Señor, ejercen gobierno y dominio en la tierra (comp. Apo. 2:26-275:1011:15). Los que reinan con Cristo en su reino son todos aquéllos a los que Él ha redimido, la comunión entera de los santos, estén vivos o muertos (incluyendo los creyentes del Antiguo Pacto). En su ascensión, Cristo Jesús nos llevó a todos al trono. Como se regocija el Te Deum:

Cuando derrotaste la aspereza de la muerte, abriste el reino de los cielos para todos los creyentes.

Por esta razón, el reino de los santos es análogo a su adoración: La iglesia entera, en el cielo y en la tierra, adora toda junta delante del trono de Dios, morando en el cielo como en tabernáculos (Apo. 7:1512:1213:6).

Preguntar si la adoración de los santos es celestial o terrenal es proponer un falso dilema, pues la Iglesia es tanto celestial como terrenal. De manera similar, la esfera de gobierno de la Iglesia incluye la tierra, pero se ejerce desde el trono en el cielo. Jesús le dijo a Pilatos: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Jn. 18:36). El texto no dice, como algunos enseñan neciamente, que el reino de Cristo es irrelevante al mundo; más bien, el texto afirma que el reino no se deriva de la tierra: “Él hablaba de la fuente de su autoridad, no del lugar de su reino legítimo. Su reino no es de este mundo, sino que está en este mundo y por encima de él”. 28 

v5-6 La primera parte del versículo 5 es una afirmación parentética sobre los excluídos del privilegio de vivir y reinar con Cristo. Ahora, si “los decapitados” (v. 4) son los fieles del antiguo pacto, el resto de los muertos son (primeramente) los fieles del antiguo pacto, los no santos que estaban muertos en el momento en que Juan escribía. La figura puede extenderse lógicamente para incluir a todos los no redimidos, de todas las épocas, pero ese no es el punto de Juan. Más bien, está subrayando el hecho de que los creyentes muertos del antiguo pacto han sido incluídos en la ascensión de Cristo y su reino glorioso desde el trono celestial; ellos viven, mientras que los impíos están muertos.

En fin de cuentas, nos dice Juan, hay dos clases de personas: 1) Los ancianos y aquéllos a los cuales ellos representan (los fieles del antiguo y el nuevo pactos), que viven y reinan con Cristo “por mil años” en su reino; y 2) los otros muertos, los incrédulos. Estos no vivieron hasta que los mil años se hubieron cumplido. Aunque algunos intérpretes han llegado precipitadamente a la conclusión de que “los otros muertos” vivirán después de que el milenio haya terminado, no existe tal implicación aquí.

A Juan le interesa sólo hablarnos del milenio mismo, y su frase no significa otra cosa que no sea que los otros muertos están excluídos de la vida y del dominio durante el período entero. Todos sabemos, por pasajes como Jn 5:28-29 y Hech 24:15, que habrá una resurrección general de los justos y de los injustos; pero debemos recordar que Juan no está escribiendo una abarcante Teología Sistemática sobre el fin del mundo. Está escribiendo una profecía sobre la Iglesia, que trata de ciertos aspectos de las bendiciones de los justos y las maldiciones de los impíos.

La narración, pues, continúa con la definición de Juan de que los santos viven y reinan con Cristo mil años: Esta es la primera resurrección – primera tanto en el orden temporal como en su importancia. La imagen de dos resurrecciones está sólidamente anclada en las Escrituras. En el sistema levítico, se establecía tipológicamente en la ley prescribiendo la purificación después de la contaminación de la muerte:

El que tocare cadáver de cualquier persona será inmundo siete días. Al tercer día se purificará con aquella agua, y al séptimo día será limpio; y si al tercer día no se puificare, no será limpio al séptimo día. (Num. 19:11-12).

Como ha mostrado James Jordan, esta purificación ritual era una resurrección simbólica: El hombre que era contaminado mediante el contacto con un muerto estaba muerto ceremonialmente, y tenía que ser resucitado de la muerte.  La resurrección se efectuaba mediante el rociamiento con agua (véase Num. 19:13)  tanto en el tercer día como en el séptimo día – en otras palabras, una primera y una segunda resurrección. Este modelo de una “doble resurrección” se repite de diferentes maneras a través de la Biblia. El evangelio de Juan registra las palabras de Jesús sobre el tema:

De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.

No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación. (Jn. 5:24-2528-29).

Aquí Jesús afirma que está inaugurando la Era de la Resurrección, en la cual los que creen en él son participantes ahora; más tarde, vendrá otra “hora”, en la cual todos los hombres, los justos y los injustos, saldrán de sus tumbas (comp. Jn. 11:24-25). Pablo trazó la misma distinción entre las dos resurrecciones:

Mas ahora Cristo ha resucitado; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. (1 Cor. 15:20-23).

Habrá, pues, una resurrección al final de la historia, a la Segunda Venida de Cristo en el día final (Jn 6:38-404454Acts 24:151 Thes. 4:14-17). Pero, antes de esa resurrección final, hay otra, una primera resurrección: la resurrección de “Cristo, las primicias”. Él resucitó de entre los muertos, y resucitó a todos los creyentes con él. Nota: Juan no dice que el creyente, como tal, es resucitado, sino que tiene parte en la primera resurrección. El creyente participa conjuntamente en la resurrección de alguien más – la resurrección del Señor Jesucristo.  Pablo les dijo a los cristianos colosenses cómo habían sido hechos partícipes de la resurrección de Cristo:

Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. (Col. 2:12)

La resurrección de Cristo es la resurrección definitiva, la primera resurrección, que tuvo lugar al tercer día. Nosotros participamos en su resurrección por medio del bautismo del pacto, de manera que “andamos en novedad de vida” (Rom. 6:4). Cuando estábamos muertos en pecados, Dios “nos dio vida juntamente con Cristo … y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Eph. 2:5-6; comp. Col. 3:1). Es esta resurrección definitiva al tercer día, a la mitad de la historia, la que garantiza y es consumada por la resurrección del “séptimo día” al final de la historia. Los que son bautizados en Cristo y son, pues, unidos con Él en la semejanza de su resurrección (Rom. 6:4-14) estarán unidos con Él en esa resurrección final también (Rom. 8:11).

La primera resurrección es, pues, espiritual y ética, nuestra regeneración en Cristo y nuestra unión con Dios, nuestra re-creación a su imagen, nuestra participación en su resurrección. Esta interpretación queda confirmada por la descripción que hace Juan de los que participan en la primera resurrección – ella corresponde completamente a todo lo que él nos dice en alguna otra parte sobre los elegidos: Ellos son benditos (Rev. 1:314:1316:1519:922:714) y sacros, es decir, santos (Rev. 5:88:3-411:1813:71014:1216:617:618:202419:820:921:210); como Cristo prometió a todos los fieles, la segunda muerte (v. 14) no tiene poder sobre ellos (Rev. 2:11); y ellos son sacerdotes (Rev. 1:65:10) que reinan con Cristo (Rev. 2:26-27; 3:21; 4:4; 11:15-16; 12:10). En realidad, Juan inició su profecía diciéndoles a sus lectores que todos los cristianos son reales sacerdotes (Rev. 1:6); y el mensaje consistente del Nuevo Testamento, como hemos visto repetidamente, es el de que el pueblo de Dios está ahora sentado con Cristo, reinando en su reino (Eph. 1:20-222:6Col. 1:131 Pet. 2:9). El mayor error al tratar con el milenio de Apocalipsis 20 es no reconocer que habla de las realidades presentes de la vida cristiana. La Biblia es clara: Por medio del bautismo, hemos sido resucitados a vida eterna y reinamos con Cristo ahora, en esta era. La primera resurrección está teniendo lugar ahora. Jesucristo está reinando ahora (Acts 2:29-36 ; Rev. 1:5). Y esto significa, por necesidad, que el milenio está ocurriendo ahora también.

Fuente: David Chilton, Dias de Retribución , Cap XX

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